Somos humanos; infames desconsiderados.

Lo entendí; en el mundo abunda, como tantísimo más, la
maldad. Co-habita en la Tierra, entre lo bueno y sus grises
intermedios. Esta camina entre la pureza de la naturaleza. A
veces, si personalmente se toma la decisión de opinar y ser
por sí mismo quién se decide ser, después de que esta mala
educación pasada de generación en generación, por cierto
egoístamente interminable, se varía, y por cuenta propia
reina su persona, se deja de pesar por su influencia negativa
en el entorno, más bien se derrama encandilando en bondad.

 
Concebir como su igual, sin discusión, el todo a su
alrededor. Porque resulta siniestro pensar que la propia
forma de actuar, pensar o comunicar ideas es la única
existente, la mejor, o, aún peor; la única válida, inclusive
reconociendo la existencia de muchas más. Por eso encuentran
excusable despreciar lo que difiere su manera de ser,
homogénea siempre con los pocos que no ven por sobre su
hombro con desdén. Cualidad coronando toda una especie, en
conjunto son muchos defectos; altanería, egolatría,
narcisismo. Evocando la mayor de las debilidades para con
ellos mismos. Su talón de Aquiles.

 
Esta acción terriblemente reprochable, provoca que impensable
sea ocurrírseme acción más equivocada. Somos nosotros los que
no entendemos, ¿por eso nos creemos más sabios? Abogo por un
pensamiento de igualdad para con todo lo que concentre vida
en sí mismo. Respeto para quien se cruce, aunque la novedad
de su aspecto o actuar sea sorprendente con lo que hasta ese
momento se conoce. Lo extraño, deja de serlo si dedicamos
cinco minutos a no pecar de ignorantes burlones. Engalanar un
nombre, a una persona socavando a otra, a otra vida, es
vergonzoso. Es de hecho una preocupante manera de vivir.
Acuérdese que solo, nadie puede, menos una raza completa. Si
aquí estamos todos, busque armonía, no destrucción.

 
Entenderse como la minúscula parte del universo que somos,
nos quita ese regocijo absurdo y ciego de dominio por sobre
cualquier otro, autoproclamado derecho de bautizar y
exterminar al antojo, característica número uno de nuestra
especie. Sin embargo no somos menos resonantes para el
equilibrio de la infinible existencia del propio universo.

-Fcesca M.

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